A partir del año 313, cuando el emperador Constantino se convierte en cristiano, todo el mundo occidental cambia poco a poco en los conceptos religiosos y con ello en el uso del Arte para sus fines propagandísticos. Había que convencer a todos que aquello, nuevo, era lo correcto.
La inmensa mayoría de los ciudadanos de aquella Europa, desde toda Italia hasta Grecia o Rusia, eran analfabetos y para convencerles de que las Sagradas Escrituras eran imprescindibles para alcanzar el Cielo y la Vida Eterna, había que explicarles sus verdades a base de imágenes en público.
Había que convencer y enseñar aquella verdad, que salvaba a las personas de la muerte total. Y se hicieron mosaicos enormes, se pintaron paredes enteras de los interiores y exteriores de las capillas y las iglesias, para que los vecinos no tuvieran duda de lo que estaban escuchando por parte de los sacerdotes de la época.
Daba igual si eran lugares públicas o estancias privadas de personas con poder o con dinero. Había que envolverse en lo que todavía no se sabía leer, solo era necesario mirar. Y surgen además los iconos durante el siglo VIII como forma de controlar qué se tenía que adorar.
Dios era al principio muy similar a Zeus, Cristo lo era similar al dios Apolo, y de esa manera era más sencillo entender de qué se hablaba, de dioses que habían venirnos a salvarnos.
Para los ciudadanos más formados se creaban libros escritos a mano como es lógico, con miniaturas más complejas en donde ya sí, se relataban episodios bíblicos. O se ampliaban poco a poco las referencias en los frescos de los santuarios, para poder ampliar las explicaciones de los sacerdotes.
Brillo, luz, oro, mucho oro y vidrieras que dejaran pasar la luz del cielo, se fueron distribuyendo por toda aquella Europa que veía crecer el cristianismo a una velocidad altísima.
Los iconos miran de frente, no se ve el cuerpo, solo el rostro, algún vestido y poco más. Son inexpresivos, sin casi vida pero con la simbología del Ser Superior. Fondos dorados, coronas, y sobre todo que nunca el fiel espectador pudiera pensar que fueran a ser personas como ellos. Eran seres diferentes, superiores.
Eran figuras de poder, con llaves muy grandes para abrir espacios celestiales, con cálices o emblemas para perdonar, y llevando la Cruz de Jesús como símbolo. Simplemente Poder.






